Cuando pensamos en control de malezas, muchas veces concentramos todos nuestros esfuerzos en llegar a la siembra de soja con una parcela limpia. Si conseguimos una buena desecación y el cultivo emerge sin competencia, sentimos que hemos sido exitosos.
Y, desde una óptica puntual, es cierto.
Pero cuando ampliamos la mirada y observamos el sistema productivo como un todo, entendemos que manejar malezas es mucho más profundo que lograr una buena desecación previa a la siembra.
El manejo de malezas es toda una ciencia. Implica conocer la biología de cada especie: su ciclo, época y flujos de emergencia, mecanismos de reproducción y dispersión, longevidad de las semillas, dinámica del banco de semillas y capacidad de adaptación. Pero también exige comprender cómo responde cada población a los diferentes herbicidas y mecanismos de acción.
Y es precisamente allí donde aparecen dos conceptos fundamentales: resistencia y tolerancia.
Cuando las malezas aprenden de nuestros errores
La resistencia a herbicidas puede definirse como la capacidad heredable de una población de una especie de maleza para sobrevivir y reproducirse después de la aplicación de una dosis de herbicida que normalmente controlaría a individuos susceptibles de esa misma especie.
En términos simples: una población que antes podía ser controlada por determinado herbicida pasa, mediante un proceso de selección, a presentar individuos capaces de sobrevivir al tratamiento y dejar descendencia.
Y aquí viene una parte incómoda de la historia: muchas veces nosotros mismos contribuimos a seleccionar esas poblaciones.
El uso consecutivo del mismo herbicida —o de herbicidas diferentes pero pertenecientes al mismo mecanismo de acción—, las aplicaciones en condiciones inadecuadas, el empleo de dosis por debajo de las recomendadas y, principalmente, la excesiva dependencia del control químico fue ejerciendo una enorme presión de selección.
En palabras más sencillas: durante años utilizamos estrategias que terminaron seleccionando, generación tras generación, justamente a aquellas plantas capaces de sobrevivir.
Y nuestra lista de malezas resistentes es, sin dudas, bastante amplia.
Conyza spp.: “La reina no entrega la corona”
La buva siempre encabeza el listado. Desde mi punto de vista, es la reina de las malezas difíciles y cada año parece empeñada en recordarnos por qué.
Su extraordinaria capacidad de adaptación a diferentes ambientes y estrategias de manejo la convirtió en una de las especies más desafiantes de nuestros sistemas productivos. Primero enfrentamos poblaciones resistentes a glifosato; luego, a inhibidores de ALS. En este último caso es importante diferenciar la resistencia observada en aplicaciones de postemergencia del enorme valor que determinados inhibidores de ALS todavía pueden tener como herramientas residuales en preemergencia, dependiendo del herbicida y de la población presente. Más adelante comenzaron a aparecer poblaciones resistentes a herbicidas inhibidores del Fotosistema I, como paraquat o diquat, reduciendo todavía más nuestras alternativas de control en postemergencia.
Y cuando pensábamos que ya había mostrado todas sus cartas, la buva volvió a sorprendernos. Determinadas poblaciones han demostrado mecanismos capaces de limitar la acción de herbicidas auxínicos mediante respuestas extremadamente rápidas de necrosis, fenómeno que ha despertado enorme interés científico por su impacto sobre la eficacia de estas herramientas.
La buva nos deja una enseñanza bastante clara: cada herramienta que utilizamos de manera repetitiva y sin una estrategia de manejo integrada corre el riesgo de perder eficacia con el tiempo.
Bidens spp., Amaranthus spp. y Euphorbia heterophylla: Vienen por el protagonismo. Picón, ca’arurú y lecherita definitivamente han venido a disputarle protagonismo a la buva.
Tal vez no concentren exactamente el mismo historial de resistencias, pero tienen un “superpoder” que las convierte en un verdadero dolor de cabeza: su capacidad de producir sucesivos flujos de emergencia a lo largo del sistema productivo.
Ya no hablamos solamente de malezas de barbecho. Las encontramos emergiendo dentro de la soja de zafra, en soja y maíz zafriña e incluso acompañando cultivos de invierno como trigo y canola. Esto significa que el manejo deja de ser una intervención puntual para transformarse en una estrategia que debe acompañar prácticamente todo el año agrícola.
A esto debemos sumar la presencia, según especie y población, de resistencia a importantes mecanismos de acción, particularmente inhibidores de ALS y glifosato.
Cuando una maleza puede emerger varias veces durante el año y, además, dispone de menos herbicidas eficaces para su control, el problema deja de ser solamente químico y pasa a ser necesariamente sistémico.
- Gramíneas: una historia diferente para cada especie
Cuando hablamos de las principales malezas gramíneas, generalizar resulta mucho más difícil porque cada especie presenta una historia de selección y resistencia diferente.
Un viejo conocido es el capi’i pororó (Digitaria insularis), principalmente asociado a poblaciones resistentes a glifosato. Continúa presente en nuestros sistemas, aunque la incorporación creciente de herbicidas residuales y la mejora de los programas de manejo han permitido reducir su impacto en determinadas situaciones.
Otra “maleza” que merece atención es el maíz guacho. Tal vez no nos genere el mismo pánico porque todavía lo miramos con cierto cariño —después de todo, alguna vez fue cultivo—, pero cuando aparece donde no debe estar, deja rápidamente de ser nuestro amigo.
Los múltiples flujos de emergencia y, especialmente, la incorporación de diferentes biotecnologías con tolerancia a herbicidas hacen, que su control dentro del cultivo siguiente pueda convertirse en un desafío considerable.
Y finalmente llegamos a la cereza de la torta “Eleusine indica” el pie de gallina que ya golpea nuestra puerta.
Durante años observamos cómo países vecinos, especialmente Brasil, enfrentaban serios problemas con pie de gallina (Eleusine indica) y sus múltiples casos de resistencia.
Parecía un problema relativamente distante. Pero 2026 nos está mostrando otra realidad: esta maleza está entrando con fuerza y sin pedir permiso.
En Brasil existen antecedentes de poblaciones resistentes a glifosato y a inhibidores de ACCasa, grupo al que pertenecen importantes graminicidas utilizados en nuestros sistemas, entre ellos moléculas como clethodim y haloxyfop.
Por eso, más que esperar a que el problema esté completamente instalado, debemos utilizar la experiencia de los países vecinos como una advertencia. Todavía estamos a tiempo de aprender de una historia que otros ya vivieron.
Y ahora… un capítulo aparte: las malezas tolerantes
Hasta aquí hablamos de resistencia. Pero existe otro grupo que merece un capítulo propio: las malezas naturalmente tolerantes.
Una maleza tolerante a un herbicida es aquella especie que posee la capacidad natural e inherente de sobrevivir y reproducirse después de la aplicación de ese herbicida, aun cuando se utilice correctamente.
La diferencia fundamental es sencilla:
La resistencia se selecciona dentro de una población originalmente susceptible; la tolerancia es una característica natural de la especie.
Si una especie nunca fue adecuadamente controlada por determinado herbicida debido a características propias de su fisiología, morfología o metabolismo, hablamos de tolerancia, no de resistencia.
En este caso podríamos decir que somos un poco más inocentes: no fuimos nosotros quienes generamos el problema. Pero las consecuencias igualmente están sobre nuestros hombros y las estrategias de manejo también.
Commelina spp.: “De los bastidores al centro del escenario”
Nuevamente tenemos una protagonista.
En nuestros campos podemos encontrar diferentes especies de Commelina, con diferencias en biología, reproducción y dificultad de control. Sin embargo, comparten una característica que explica buena parte de su éxito dentro de nuestros sistemas: su baja sensibilidad natural al glifosato.
La Santa Lucía dejó hace tiempo de ser aquella maleza asociada solamente a bordes de parcelas, áreas marginadas o lotes mal manejados. Hoy avanzó hacia el centro del sistema productivo y reclama su lugar en el podio de las malezas de difícil control.
Richardia brasiliensis y Spermacoce latifolia: Expandiendo fronteras
Ype rupa (Richardia brasiliensis) y erva-quente (Spermacoce latifolia) también parecen haberse cansado de permanecer condicionadas a determinadas regiones productivas.
Históricamente asociadas con mayor frecuencia a ciertos ambientes —incluidos suelos de textura más arenosa—, cada vez observamos mayor presencia de estas especies en diferentes regiones agrícolas.
Su tolerancia o baja sensibilidad al glifosato representa un desafío importante. Sin embargo, estrategias que integran herbicidas eficaces de otros mecanismos de acción, residuales adecuados y aplicaciones realizadas en estadios tempranos continúan ofreciendo oportunidades interesantes de manejo.
Porque con malezas difíciles existe una regla que pocas veces falla: “Cuanto más pequeña la maleza, más grande nuestra ventaja”
Estamos entrando en una nueva era
Estamos atravesando un momento verdaderamente disruptivo en el manejo de malezas. Cada año observamos especies adaptándose a regiones productivas donde anteriormente eran poco frecuentes. Al mismo tiempo, nuevas biotecnologías con tolerancia a diferentes herbicidas están ingresando a nuestros sistemas.
Y esto representa una enorme oportunidad, pero… también un enorme riesgo.
Las nuevas tecnologías pueden convertirse en herramientas extraordinarias cuando son utilizadas dentro de programas técnicamente diseñados. Mal utilizadas, pueden transformarse en una verdadera trampa.
No podemos olvidar que el cultivo de hoy puede convertirse en la maleza de mañana.
Un híbrido o una variedad tolerante a determinado herbicida que hoy nos facilita enormemente el manejo puede aparecer como planta voluntaria en el cultivo siguiente. Y entonces habrá que controlarla.
Decirlo es fácil… Hacerlo, algunas veces, no tanto.
Además, durante los próximos años veremos ingresar nuevas moléculas, mecanismos de acción, formulaciones y tecnologías. Eso es fantástico para la agricultura, pero más herramientas no necesariamente significan menos problemas.
Significan que necesitaremos todavía más conocimiento, preparación e inteligencia para utilizarlas correctamente y conservarlas durante el mayor tiempo posible.
La mejor tecnología todavía comienza por hacer bien lo básico, podemos hablar durante horas de nuevas moléculas, biotecnologías y mecanismos de acción. Sin embargo, nunca debemos olvidar algo fundamental:
Ningún herbicida puede compensar indefinidamente un sistema agronómicamente mal manejado.
Debemos volver a mirar el suelo, corregir problemas de compactación cuando corresponda, trabajar sobre el equilibrio nutricional, intensificar la rotación de cultivos, reducir espacios sin cobertura y aumentar la competencia del sistema contra las malezas.
Y no me cansaré de repetirlo:
“Una buena cobertura es uno de los mejores herbicidas que podemos tener”
La rotación con cultivos como maíz y la utilización de sistemas diversificados —incluidos consorcios como Santa Fé cuando sean agronómicamente adecuados— permiten incorporar prácticas y herbicidas diferentes a los utilizados durante gran parte del año.
Cada mecanismo de acción que conseguimos rotar, cada planta que evitamos que produzca semillas y cada espacio que ocupamos con un cultivo competitivo es una batalla menos que tendremos que enfrentar en el futuro.
Porque la mejor maleza para controlar es aquella que nunca llegó a establecerse o producir semillas.
¡Cada año… un año!
Cuando pensamos en manejo de malezas, el inmediatismo definitivamente no será nuestro aliado. Resolver solamente lo que tenemos delante puede parecer más fácil, pero pensar que será eficaz a largo plazo es otra historia.
Ante enemigos cada vez más complejos debemos volvernos mucho más estratégicos. Necesitamos mirar la parcela como un sistema y conocer profundamente su pasado, comprender su presente y anticiparnos a su futuro. Porque cada campaña que termina no pone el contador nuevamente en cero.
Cada año deja una historia escrita en el suelo, en el banco de semillas y en las poblaciones de malezas que sobrevivieron. Y esa historia será el punto de partida de la próxima zafra.
Inalmente, no podría cerrar esta nota sin desear el mayor de los éxitos a cada agricultor que, una vez más, coloca una semilla en el suelo cargada de trabajo, fe y esperanza, pidiendo a Dios por una buena zafra.
No solamente por sí mismo, también por su familia, por quienes trabajan a su lado y por el progreso de toda una nación que, muchas veces de manera silenciosa, el productor sostiene sobre sus hombros con enorme esfuerzo y valentía.
Porque las tecnologías cambian, las malezas cambian y nuestros sistemas productivos también.
Pero cada campaña vuelve a comenzar con el mismo gesto:
“Una semilla en el suelo y la esperanza de un nuevo año”